Acerca de un típico miedo masculino: el compromiso

En los últimos meses he conversado con varios pacientes varones que presentan una particular condición: prontos a dar un paso que confirme el vínculo que tienen con alguna mujer (convivencia, casamiento, búsqueda de un hijo) empiezan a temer.
Es habitual que en esos momentos surjan los miedos propios de quién se enfrenta a la desconocido, pero ello no alcanza para explicar este malestar que arrasa con la tranquilidad y convierte los días en juicio final, días en los que se siente que se tomarán decisiones inamovibles. He allí un tipo particular de vínculo que muchos varones tienen con el acto: considerarlo irreversible.
En ese contexto, aparece la desconfianza, la sensación de que ella podría estar forzandolo a tomar la decisión y en consecuencia todo lo que esta etapa tendría de disfrutable cede ante la volatil amargura de creer que se está ingresando en una jaula donde el carcelero, luego de cerrar la puerta, se tragará la llave: la libertad se irá por la cloaca.
En este punto es interesante recordar algunas nociones que se han construido popularmente a partir de la existencia del psicoanálisis. Es habitual escuchar que según esta teoría, una persona seria “feliz” en la medida en que lograse vivir una vida acorde a su deseo. Ahora bien, ¿Qué es el deseo? Lejos está este concepto de referirse a lo que alguien quiere. El “querer” algo es una cuestión mucho más vinculada al Yo, es decir, a una parte de nuestro aparato psíquico que es más funcional a las presiones y mandatos que a la esencia del sujeto, si es que algo así pudiera existir.
Alguna vez escuché una frase que dice “no somos, vamos siendo”. Creo que con algo de eso tiene que ver el deseo. Con soportar un devenir que nos transforme sin apegarnos religiosamente a una imagen de nosotros inamovible. Vivir acordé al deseo es soportar que la realidad te transforme sin vivir eso de manera culpogena. En este punto,podríamos pensar metafóricamente que la experiencia, las cosas que nos van pasando, son algo así como los químicos que se usan para revelar las fotos de un rollo: la experiencia muestra de que estamos hechos, de que colores, que formas y que texturas ¿Que problema podría ocasionar ello? Uno muy simple y elemental: El yo, esa instancia del psiquismo que nombramos antes, cree que cuando decide algo debe decidirlo para siempre. Es decir, a partir del momento en que ciertas cuestiones de la identidad se vayan cristalizando o configurando de manera fija en el crecimiento del sujeto, este se encontrará con una dificultad para aceptar de si mismo nuevos aspectos que no coincidan con esa imagen que él mismo y los demás ya se han construido sobre él. En este punto es donde volvemos al comienzo: el temor que algunos varones suelen presentar al momento de tomar decisiones vinculares se relaciona con la fantasía de que ya nunca más podrán elegir.
Aquí aparece un aspecto que cualquiera podrá notar como paradojal: en un momento histórico donde lo que aparentemente gobierna son las relaciones de pareja express y sin compromiso, al contrario de lo que se puede esperar, los varones están preocupados por perder la libertad. Esto indica que las coordenadas conservadoras que respecto del amor le suponíamos solo a épocas pasadas no han desaparecido realmente, solo han cambiado de forma. Allí donde hace 50 años el varón se sentía prácticamente autorizado a recuperar ciertas dosis de libertad en la visita a un burdel o en el mantenimiento de una relación infiel, el varón de hoy en día se encuentra mucho más interpelado a funcionar de un modo más integral, menos dividido, más unido a una especie de esencia que le permita tomar decisiones profundas y certeras que no lo pongan en contradicción alguna. Y allí aparece el problema: se toman decisiones a medias, se tienen vínculos a medias, se está en pareja de un modo abstinente, precavido, dejando siempre una puerta abierta por donde poder escapar si la casa se incendia.
Este es el problema que el varón de este tiempo tiene como consecuencia de su forma de vincularse con el acto: fantasía de acto irreversible, realidad vivida a medias para no quedar pegado.
Una mujer puede entender que un día su pareja le diga que ya no la quiere más, e incluso lo mas probable es que pueda seguir viviendo sin él sin mayores obstáculos, lo que si nunca va a entender ni perdonar es que por temor, él no haya dejado todo en la cancha.
Como diría el maestro Lutereau, el deseo consiste en un estado de receptividad, es decir, estar abierto al futuro, dejando todo en el presente.

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