Hablar al analista. L. Lutereau.

Un efecto muy divertido en el análisis de ciertos varones es que necesiten contarles a sus mujeres lo que cuentan al analista. Es un efecto saludable. Para nada es una transgresión al análisis. Qué mejor que una esposa para estar en el lugar de la verdad: porque de eso se trata, de que alguien pueda creer en lo que dice porque se lo cuenta a otro.

Cuando un paciente me dice que le cuenta a su mujer lo que habla en análisis, me gusta preguntar qué piensa ella. Las esposas son grandes colaboradoras muchas veces. Incluso a veces son las únicas dueñas de la interpretación. Aunque a veces ocurre lo contrario, cuando le digo algo a un varón en análisis y me responde: “Mi mujer me dijo la mismo la otra vez” y la pregunta que surge es ¿por qué a ella no la escucha? ¿No es algo que pasa en muchos análisis: si uno contara las interpretaciones más importantes, las que le cambiaron la vida, se trata de frases muy tontas que los demás nos habían dicho miles de veces?

Esta situación se desprende de que la verdad nunca esté en quien habla: quien cree que dice la verdad, está loco. Ahora bien, la cuestión es qué tan amplio puede ser el otro que autentifica la verdad de lo que se dice. Porque si es demasiado general, puede confundirse con la opinión que tienen los demás; así se deja de decir algo para decir lo que otros dicen. Hablarle a otro demasiado general lleva al conformismo y la búsqueda permanente de reconocimiento. Son más interesantes esos varones que le hablan a su mujer y a unos pocos amigos. A veces a algunas personas les toma mucho tiempo llegar a ese estado de discurso. Ahí es cuando empieza su análisis, también es cuando termina. Porque un análisis empieza cuando empieza a terminar, y termina cuando termina de empezar.

A propósito del modo de hablar, a veces me preguntan qué pienso de que pacientes puedan venir a un seminario que dicto. La mayoría de las veces lo siento como un estímulo, siempre los recibo como bienvenidos. A mí me gusta mucho hablarles, de ahí que por lo general cuando escribo o hablo no privilegio el argumento sino que sea algo dicho para alguien. Por lo general, ellos reconocen que les estoy hablando. Lo prefiero a la comunicación impersonal para un público anónimo.

Esto me recuerda algo que me contaba un colega hace un tiempo y que también reproduce un aspecto propio de la clínica con varones: antes de entrar a dar clases, confiaba en que hubiera una mujer atractiva en el público para la cual hablar. Digo que es algo más o menos habitual, porque en diferentes análisis de varones he escuchado la misma circunstancia, por ejemplo, al entrar a una reunión social y que la sola presencia de una mujer sea la excusa para no quedarse en silencio.

No se trata de otra cosa que del recurso a la seducción como soporte de la palabra y, por cierto, seducir es la defensa más corriente para no sentirse seducido (para el caso, por un público que puede ser hostil y voraz). En mi caso, con el tiempo, aprendí a usar las instancias de conversación pública (seminarios, artículos en diarios, entrevistas, etc.) como una forma de decirle algo a alguien en particular. Siempre me gustó esa frase del poeta romántico que dijo alguna vez que los libros son voluminosas cartas escritas para los amigos. Para mí hablar en público es como escribir una carta. Y todas las cartas, tarde o temprano, llegan a su destino.

Estas observaciones en torno a los modos de hablar, a que algo sea verdad por decírselo a otro, así como el carácter personal de ese otro, me lleva a ubicar un fenómeno habitual en la práctica del psicoanálisis. Es corriente que muchos pacientes lleguen a análisis después de la experiencia de tratamientos previos. En la supervisión de casos de colegas es común que estos a veces cuenten con preocupación que sus pacientes se refieran a sus analistas previos y, para el caso, digan “mi analista” para hablar del anterior y no de quien tienen enfrente (o detrás, si el paciente está acostado en el diván).

En este punto, en estas supervisiones se consulta si acaso eso indica que el análisis no marcha, porque no se reconoce al analista como analista. Sin embargo, ¿a qué analista se lo reconoce como tal? Este es un principio fundamental para la práctica del psicoanálisis: que quien quiera practicarlo renuncie a la expectativa de ser reconocido como analista, sobre todo por su paciente. Esta coordenada me lleva a recordar el caso de una mujer que después de un tiempo de venir a entrevistas, dejó de venir sin previo aviso. Como consideré que no había pasado gran cosa en esas entrevistas, decidí no llamarla. Quizá no era el momento para que iniciara su análisis.

Hasta que un día la encontré en el supermercado y me acerqué a saludarla. Conversamos unos minutos, pero la noté incómoda y me alejé. Esa noche recibí un correo suyo, en el que se disculpaba por su trato, “es que no siempre una se encuentra con su analista en la calle”, me dijo. Le respondí con un chiste cierto: “Yo no soy tu analista”. Entonces ella me pidió una entrevista para la semana siguiente.

Cuando le recibí nuevamente en el consultorio ella me contó el motivo por el que había dejado de venir. De repente, se encontraba hablándome a solas en las más diversas situaciones. Por cierto, cuando nos encontramos en el supermercado… estaba hablando mentalmente conmigo y ¡yo aparecí en persona! Por eso su incomodidad, pero también lo que pudo advertir: el horror que le produjo en aquel entonces empezar a depender de mí y la llevó a alejarse, no hizo más que producir una transferencia compulsiva.

Esta compulsión de la transferencia es el inicio mismo del tratamiento que, para un caso de histeria (como el de esta mujer) se resume en la necesidad de irse… pero el afuera no hace más que llevar a adentro. “Entrar yéndose” es una buena forma de describir la entrada en análisis de la histeria, que explica sus habituales inasistencias a sesiones (la necesidad de faltar) que en absoluto son ausencias, dado que nunca están más presentes como cuando no están.

Es tan compulsiva la presencia del analista, que ahora no puedo menos que recordar el caso de un muchacho que por fin había conseguido salir con la chica que le gustaba y, de repente, cuando estaba a punto de acostarse con ella, en el instante previo a la penetración se encontró con el pensamiento: “Cuando le cuente esto a Lucho”. En fin, los analistas nos acostumbramos a vivir en nuestros pacientes, de la misma manera que ellos viven en nosotros. Pero este ya es otro tema.

Quisiera regresar al ejemplo que mencioné antes, me refiero a la situación en que un paciente le cuenta a su analista interpretaciones, situaciones, momentos, etc. con su “analista” (anterior) y el más reciente no puede evitar sentir escozor. Mi idea es que el analista siempre está en otra parte. Que lo último que debe esperar un analista es el reconocimiento in situ.

Asimismo, es fundamental hacer una lectura de esa coyuntura porque de manera inconsciente puede admitir diferentes derivas, por ejemplo, el valor de esa nominación (el “analista” anterior) puede ser una manera seducir al analista (actual) a través de los celos. En efecto, si éste no está advertido, al preguntarse si acaso por nombrar al otro (u otra) como analista, él (o ella) ya no lo es, está confirmando esos celos. Dicho de otra manera, puede tratarse de un hermoso síntoma de transferencia que se confirma con el síntoma del analista.

Para concluir, quisiera volver a la situación que comenté al comienzo: el caso de los varones que hablan con sus mujeres de lo que hablan en análisis. Me parece muy importante que un analista no sólo no espere ser reconocido como analista, sino que también pueda prescindir de ser el garante de la verdad de la palabra del paciente.

En un caso muy lindo de Lacan –uno de los pocos que conocemos, en su escrito sobre la dirección de la cura– comenta el caso de un obsesivo que, en cierto momento empieza a escuchar a su mujer al punto de que “ella le habla tan bien como lo haría un analista”. Que un obsesivo pueda hacer de una mujer algo más que el objeto degradado (y/o demandante) de su fantasía, ¡no es poca cosa! Es una excelente coordenada para que un análisis concluya, no por la vía de haber llegado a un final ideal, sino porque ahí empiezan los adorables quilombos de la vida para quien escucha a una mujer.

En otra ocasión Lacan se preguntó por qué los varones no escuchan a las mujeres. Y respondió: porque les creen. Si el analista asume el relevo de esa creencia, es posible que ese análisis se vuelva interminable. Los análisis tienen que terminar.

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