Lo que Freud enseña sobre crianza: los niños mienten. Luciano Lutereau

Los niños mienten. Mejor dicho, aprenden a mentir, porque no lo hacen como algo espontáneo. Es algo que empiezan a hacer después de cierta edad. Lo maravilloso es que la mentira es un gran logro psíquico para un niño, quisiera explicarme mejor: la mentira no es lo opuesto de la verdad; lo contrario de lo verdadero es lo falso, mientras que mentir se relaciona más bien con el arte de engañar, al punto de que puede mentirse diciendo la verdad.

¿Quiere decir esto que celebro que los niños engañen? En realidad, el gran logro psíquico de la infancia radica en que el niño advierte que el adulto no sabe todo, gran descubrimiento que permite deshacer un poco la subordinación a su autoridad, porque hasta cierta edad incluso algunos niños pueden llegar a creer que sus padres saben hasta lo que ellos piensan, que conocen sus pensamientos, lo que han hecho, etc., y podríamos acordar en que no es muy saludable el temor con el que los niños buscan esconderse de los padres cuando realizan alguna travesura. Si un valor tiene la adquisición del mentir radica en que permite escapar de la compulsión a decir la verdad.

Asimismo, me interesa subrayar que hay distintas formas de la mentira. Esta es una cuestión que Freud mismo destacó en un hermoso artículo que se llamó “Dos mentiras infantiles”. En la primera parte de este texto, Freud cuenta un breve caso, que es en el que quisiera detenerme a continuación.

Se trata de una mujer que, de adulta y ya en análisis con Freud, un día se pone muy mal porque éste le dice que, por favor, ya no le traiga más flores de regalo. En este punto, Freud entiende que la fuerte decepción que padece la mujer ante su pedido tiene un refuerzo inconsciente. Vale aclarar que Freud no le hizo este pedido por una cuestión técnica, basada en un falso modo de entender la abstinencia; no hay más que recordar que a esta mujer Freud llegó a ofrecerle de su dinero para vivir, ya que los envíos de su marido tardaban en llegar, es decir, no es que le permitió pagar la sesión más adelante o en otro momento, ¡sino que hasta le ofreció para sus gastos! Cuando a veces leemos estos actos de Freud vemos cuán timoratos son los psicoanalistas actuales que hacen pasar bajo la abstinencia su propia falta de deseo para practicar el análisis.

Siempre es interesante lo que ocurre cuando un paciente se encuentra con el dinero y el momento de pagar. Es un tema sobre el que vengo escribiendo bastante en este tiempo. Porque están aquellos que pueden venir a sesión y, al concluir, decir que no pueden pagar, dando por hecho que lo harán en otra oportunidad; también están aquellos que prefieren no venir cuando no tienen dinero, incluso cuando el analista les propone hacerlo… es decir, se trata de la dificultad para sostener una deuda en la relación con el analista. Este era la situación de la mujer del caso mencionado, cuya historia a partir del análisis revela una coordenada específica.

En su temprana infancia, hacia los tres años, esta mujer acompañaba a su niñera a casa de un médico con el que aquella tenía una relación. En señal de complicidad, una y el otro, de vez en cuando, le daban unas monedas para que ella gastara en golosinas. Hasta que un día la madre descubrió el asunto y echó a la niñera. Sin embargo, el lazo asociativo ya estaba establecido: recibir dinero era signo de amor, tomar dinero del otro simbolizaba la relación sexual. Esto es algo que la mujer recuerda cuando en otra ocasión había ido a hacer un mandado para una vecina y, al regresar, cuando traía el vuelto en la mano y vio a la gobernanta de la casa, no pudo menos que arrojar el dinero al piso. Así esta acción que siempre le había parecido extraña encontró sentido.

Ahora bien, esta doble deriva conduce al recuerdo que sí es fundamental y que se relaciona con la cuestión de la mentira. En cierta ocasión, ya en edad escolar, esta niña le pidió dinero al padre para comprar unos colores y éste le dijo que no tenía. Qué gran respuesta: hoy en día los padres dudan mucho antes de decir que no tienen, más bien tratar de convencer a los niños de que no deberían pedir. Quizá los padres de hoy no quieren decir que no tienen… porque no quieren mentir. ¡Tan moralistas son! Lo cierto es que aquel padre,  después de decir que no tenía, le dio diez veces más dinero cuando la niña le pidió para comprar una corona para una princesa. En este punto, después de comprar el objeto, la niña se quedó un poquito del vuelto y compró sus colores. En el momento de la cena, fue interrogada al respecto (luego de que el hermano hiciera la denuncia correspondiente, como suelen hacer los hermanos) y lo negó. ¡He aquí la mentira que más enojó al padre! Que ella negase algo que, para todos, era verdad.

¿No es algo que puede comprobarse de manera cotidiana? “Dale Juancito, decí la verdad, todos saben que fuiste vos” y el niño niega. “Te vi, decilo” insiste el adulto que espera un gesto confesional, mientras que el niño persiste en declararse inocente. En este punto es que la posición de Freud es maravillosa: sostiene que el niño no puede confesar la verdad, porque ésta tiene un significado inconsciente que sería inconfesable. En el caso de la niña en cuestión, si tomar dinero simboliza la relación sexual, decir que tomó dinero del padre hubiera sido equivalente a confesar un deseo incestuoso. Así es que Freud da un verdadero consejo de crianza: que, en ciertas situaciones, los padres deben dejar pasar algunos desaguisados, porque las consecuencias de asumir una actitud hipermoralista (que jamás aceptarían para con ellos mismos, ya que no olvidemos que en el caso mencionado el padre mintió primero) puede ser perjudicial. Para la niña en cuestión, de acuerdo con su análisis como mujer adulta, se comprueba: nunca más pudo tomar dinero de otra persona, recibir nada de otro, ni siquiera de su marido, con quien tenía cuentas por separado, cada uno con lo suyo. La sanción del padre produjo, entonces, una profunda decepción que es lo que Freud notó cuando le pidió que no lo trajera más flores: ella podía dar, pero no recibir.

El consejo freudiano es claro: a veces los padres tenemos que hacernos un poco los tontos, porque de otra manera podemos desautorizar deseos en nuestros hijos, sobre todo cuando los interpretamos en términos morales, con una moral que ni siquiera hacemos valer para nosotros mismos. Dejarse engañar, de vez en cuando, es también un acto de amor.

Dr. Luciano Lutereau.

 

 

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